Sinopsis
Es común, aunque técnicamente
incorrecto, relacionar la “empatía” – término ambiguo donde los haya – con la
compasión, la generosidad, el altruismo o cualquier acto o pensamiento que
implique preocuparse por el bienestar de los demás.
Pero… ¿quién diría que ser
empático puede llegar a estar mal visto?
La empatía es cosa de débiles…
Prólogo
Año y medio puede ser mucho tiempo. Este
post es el más antiguo de todos los que tenía pendientes de publicar. Lo
escribí mucho antes de vivir una serie de acontecimientos que cambiaron en
buena parte mi forma de ver el mundo y de relacionarme con los demás. Y ahora, cuando
leo estas líneas en retrospectiva, me parece que, de alguna forma, se
adelantaron a esos hechos.
Creo que podemos tomarnos “Cosa de débiles”
como una introducción para algunos posts venideros, que abordarán temáticas
relacionadas de forma mucho más profunda.
Esta pequeña obra es, en definitiva, el presagio de una
evolución.
COSA DE DÉBILES
Para mucha gente -también para
mí hasta hace no mucho tiempo- el concepto de “empatía” y sus entresijos resultan
algo difícil de entender. En este post hablaremos sobre ella y los problemas
que tiene su -no- aplicación social.
Antes de nada, un apunte. Es común relacionar la “empatía” – término ambiguo donde los haya
– con la compasión, la generosidad, el altruismo o cualquier acto o pensamiento
que implique preocuparse por el bienestar de los demás.
Pero técnicamente, no es así. Desde la psicología, se entiende
que la empatía es la capacidad de percibir e interpretar los sentimientos, pensamientos
y emociones de los demás. Sólo eso. Actuar en consecuencia es algo
distinto.
Por eso, aunque es cierto que
carecer de ella puede conllevar problemas a la hora de socializar, la empatía no
es una cualidad positiva per sé; de hecho, las personas diestras en
el arte de la manipulación se caracterizan por tener una capacidad empática
brillante que les permite detectar las debilidades ajenas. La empatía sólo
se vuelve positiva cuando se la acompaña de buenas intenciones a la hora de
decidir cómo actuar cuando percibimos que podemos hacer algo por alguien... y
lo hacemos.
Dicho esto, en este post
omitiremos ese dato. Nos quedaremos con esa concepción, más recurrida, que nos
dice que la empatía es en sí una cualidad positiva, y hablaremos de ella.
Pues bien, por increíble que
parezca, ser empático puede ser contraproducente a la hora de alcanzar la prosperidad
económica y el éxito social.
Veámoslo…
En cuanto a la prosperidad
económica, como expliqué en otra ocasión, tener
“humanidad” -para lo cual se necesita un mínimo de empatía- puede
incluso afectar de forma negativa a las propias finanzas, porque nos
impide actuar según de qué manera para alcanzar un beneficio material si
sabemos que de esa forma haremos daño a los demás.
Y es que el capitalismo no
entiende de empatía. Es una lucha por la supervivencia en la que hay
que ser fuertes, donde casi siempre vence quien tiene mejores armas y menos
lastre. Y los débiles son un lastre. Si tomamos el dicho de que “rico
no es quien más tiene, sino quien menos necesita” y le damos la vuelta -
“pobre no es quien menos tiene (que también), sino quien más necesita”-
veremos que tiene bastante razón. Si uno cuenta con un buen motor, echarse a
otras personas a la espalda le supondrá un peso que le impedirá volar tan alto
como podría; y si no cuenta con él, difícilmente llegará a despegar...
Pero claro, ¿cómo negarse a
ayudar a nuestros seres queridos?
Tal es la inseguridad que
percibimos, que a veces nuestro propio instinto de supervivencia puede
hacernos perder esa “empatía”, porque en ese estado, sintiéndolo mucho,
somos nosotros o el resto. Esto explica que, como también abordé en ese otro
escrito, seamos capaces de relativizar las desigualdades y encontrar en el
esfuerzo y la lucha motivos que expliquen la pobreza individual y colectiva. Quien
es pobre es porque no es todo lo fuerte que debería.
Bajo el poder del capital, las
personas sin empatía, en lo que a lo económico se refiere, tienen más
probabilidades de sobrevivir y prosperar. Pero, por el contrario, quienes la
conservamos, seremos incapaces de avanzar si vemos que por el camino pisamos a
otros o dejamos atrás a quienes nos acompañan; y si lo hacemos, nos sentiremos
culpables.
Así, tener empatía se paga
caro. Hagamos lo que hagamos, siempre viviremos con cierta frustración: si
ayudamos a los demás, aunque eso en sí nos reconforte, también sentiremos que
“algo” nos está impidiendo alcanzar un nivel de vida mejor; y si no ayudamos,
en el fondo nunca dejaremos de sentir que deberíamos hacerlo.
Hablando ahora de éxito
social, en la misma línea, y pese a que debería ser todo lo contrario, en
nuestra sociedad la “empatía” puede llegar a estar mal vista.
Como sociedad transmitimos que, para nosotros, la empatía es
cosa de débiles, porque por pura
desinformación, entendemos por persona “empática” a aquella que tantas veces se
ve sobrepasada por las emociones propias y ajenas, pierde el control sobre sí
misma, y es incapaz de tomar decisiones cuando “hay que tomarlas”.
Porque, por supuesto, es
sólo la razón a lo que debemos atender cuando tomemos decisiones, ¿no?
Quizá no. Silenciar las
emociones a la hora de tomar decisiones puede ser un gran error, porque son
una de las voces más importantes que nos sirven de guía. En muchos casos,
las decisiones puramente racionales, lógicas, ponderadas, pragmáticas, serán
equivocadas, porque harán que el resto se sienta mal, quizá también nosotros
mismos. Nuestra voz interior también quiere hablar. Si la tenemos, acallarla
tendrá su precio; y si no la tenemos, error tras error, toda la vida sufriremos
las consecuencias.
En sociedad, como parece que
aquí todo es cuestión de apariencias, lo que al parecer otorga un mejor status
es mostrarse emocionalmente frío. Porque la insensibilidad se asocia
con el “éxito” y con el poder. Se cree que quien “ha llegado lejos” es porque
ha sabido tomar las decisiones “correctas”, evitando “dejarse llevar” por sus
sentimientos.
Aunque en el fondo todos
valoremos la empatía y sepamos apreciarla en las personas que nos rodean,
importan tanto o más las primeras impresiones, porque a fin de cuentas son
lo que condiciona nuestros contactos iniciales con el resto de la gente. Y
es que por si eso fuera poco, en la juventud actual, como ya analicé en otro
post, sin que nos demos cuenta, muchas de nuestras relaciones sociales no
pasan de eso.
Por eso, tanta gente vive intentando que parezca que nada le importa, que está bien, que no tiene
problemas, que los problemas de su alrededor no le afectan, que “eso no es
para tanto”, que “hay que ir tirando”. “Bah, bah...”
Así, con todo, la falta de
empatía y el castigo social que implica mostrarla en un primer momento, generan
una sociedad sin conciencia de ser; sólo seres humanos compartiendo un territorio.
Quienes sean víctimas de esto, cuando ayuden a algún desconocido, no lo harán
por “empatía”, sino por condescendencia, y se colgarán
medallas que no merecen. Porque no es sólo lo que haces; es también porqué.
Y lo peor, es que los anhelos
de éxito social hacen que mucha gente que en el fondo sí tiene el deseo de
ayudar a los demás, prefiera desistir de ello o hacerlo en secreto, porque el
“qué dirán” siempre va a estar ahí.
Vamos por la vida con las manos
a la espalda. Unos, con la cabeza alta, observando con impasividad y condescendencia
los problemas ajenos; otros, sufriendo porque quisieran tenderlas a los demás,
pero son incapaces de liberarse de sus ataduras.
Entre las infinitas ventajas de tener empatía, está la de poder asumir que todo el mundo - también nosotros - puede tener problemas, y que es mejor tratar de ayudar y también perder el orgullo y dejar que nos ayuden cuando lo necesitemos.
Debemos recuperarla. Porque, en definitiva, la empatía es cosa de fuertes.
Debemos recuperarla. Porque, en definitiva, la empatía es cosa de fuertes.
¿Por qué tantas veces nos
sentimos tan solos? ¿Por qué tenemos la sensación de que, si en algún momento a
nosotros o a nuestra familia nos pasa algo, si caemos, nadie o casi nadie
estará ahí para tendernos la mano? ¿O que los pocos que lo hagan no serán
capaces de ayudarnos lo suficiente, porque también tienen que lidiar con sus
propios problemas?
Quizá, por ser cierto.
“Tratamos de hacer a los robots más humanos,
mientras hacemos que los humanos se comporten
cada vez más como robots.”
(By: LibrePensamientos)
BW.
ESCRITOS RELACIONADOS
FRUTOS
DEL ÁRBOL ENVENENADO – En este post abordo la
temática de la socialización, enfocándome en la juventud, explicando cómo las
apariencias juegan un papel tan determinante en nuestra vida social.
HAMBRE
DE HOY, PAN PARA MAÑANA – En este post, que es muy
interesante, profundizo con más detalle en el hecho de que tener ciertos
valores ético-morales puede ser un obstáculo para la prosperidad económica, y
lo interrelaciono con otras cuestiones.

Análisis escaso de lo que puede dar de sí el tema, pero me gusta el razonamiento. Creo que donde realmente reside lo bueno de tener empatía es en tener claros individualmente los límites a la hora de actuar. Es decir: Mi capacidad de respuesta ante la empatía que tenga en cualquier situación, deberá permitirme dormir por las noches. Así nunca será un problema. ¡Ojo!.... Para mí. Igual para otras personas sí.
ResponderEliminarEn efecto, reconozco que es un análisis escaso, podemos tomárnoslo como introducción para algunas publicaciones venideras. La empatía reside ahí... y en mil y un lugares más!
Eliminar