31 oct 2020

RECETA PARA UN MUNDO MEJOR


Sinopsis -

Sueño con vivir en un mundo mejor. Un mundo donde la humanidad alcance la paz incluyéndola en su propia cultura en vez de buscarla a base de fuerza. Paz significa ausencia de violencia, pero no sólo en los actos de las personas; también en sus pensamientos.

Pero ese mundo no vendrá solo; tenemos que crearlo. Y bueno es tener una receta.

Prólogo

¿La receta para un mundo mejor? Vamos a intentarlo por lo menos… 

En este post parto del fragmento de un libro que leí en primavera de 2017, investigando para mi Trabajo de Fin de Grado, con el que me sentí identificado por completo. Me cuesta creer cómo alguien pudo sintetizar en un párrafo algo que yo necesitaré más de dos mil palabras para poder explicar. Pero lo voy a hacer. 

Hace algún tiempo que tenía este post terminado, pero no me decidía a publicarlo, porque muchas de sus afirmaciones necesitaban una base previa para desarrollarse. Ahora, mi blog ya tiene contenido suficiente como para poder tomar referencias de muchas de sus entradas, así que, tras mil y una ediciones… ¡aquí está!

“Receta en mano, seguiré cocinando.”

 

RECETA PARA UN MUNDO MEJOR

Sueño con vivir en un mundo mejor. Un mundo donde la humanidad alcance la paz incluyéndola en su propia cultura en vez de buscarla a base de fuerza. Paz significa ausencia de violencia, pero no sólo en los actos de las personas; también en sus pensamientos.

Pero ese mundo no vendrá solo; tenemos que crearlo. Y bueno es tener una receta.

Para conseguirlo, la sociedad debe vivir…

“De forma pacífica, pero crítica; armónica, pero disonante ante la injusticia; libre, pero comprometida con los Derechos Humanos; segura, pero abierta al cambio; sensible, pero fuerte ante las circunstancias; sencilla, pero profunda; siendo ella misma, pero sabiendo escuchar y ponerse en el lugar de la otra persona; responsable, pero alegre; afectiva, pero autónoma; y respetuosa, pero intransigente ante el ejercicio de cualquier tipo de violencia”.  María Carme Boqué Torremorell, en “Cultura de mediación y cambio social”.

Cuando leí este párrafo me sentí identificado por completo.

Y es que experiencias así dan que pensar. Cuando llega a nosotros alguna opinión, alguna idea sobre algo de lo que no habíamos hablado nunca con nadie, y que nos suena tan bien que al instante decimos “¡eso es justo lo que yo pienso!” … ¿qué ha ocurrido en realidad? ¿Es cierto que ya teníamos esa idea, y el haberla visto en boca de otra persona no hace más que confirmárnoslo, o, por el contrario, es una idea que no teníamos, pero que al recibirla ha superado de un plumazo todos los filtros de nuestra moral para pasar a ser nuestra también?

Quizá estemos ante una de las limitaciones del lenguaje a la hora de comunicarse. Que varias personas puedan sentirse identificadas con unas palabras no siempre quiere decir que piensen lo mismo; significa que éstas se adecúan a la interpretación que cada una de ellas les da desde su subjetividad individual. Y por la misma regla, aunque dos personas utilicen las mismas palabras, quizá no pretendiesen decir lo mismo.

Por eso, lo que voy a hacer en este post es explicar el significado que para mí tienen estas palabras tan bonitas…

De forma pacífica, pero crítica 

Ser pacíficos no es desentenderse de lo que pasa a nuestro alrededor y actuar bajo las reglas de lo políticamente correcto. Eso es ser conformista. Y el conformismo es una lacra para la humanidad, porque contribuye a que el poder pueda manejar a la gente a su antojo, llevándole a aceptar y adaptarse a las circunstancias y convenciéndoles de que no pueden cambiar las cosas. Y no es así. No todo vale para conseguir la paz.

Debemos ser pacíficos, pero críticos. Atrevernos a alzar la voz cuando algo no nos gusta. Como miembros de la sociedad, somos y debemos ser partícipes de la realidad imperante. Si algo gusta, hay que mantenerlo; si algo no gusta, hay que presionar para cambiarlo. 

Armónica, pero disonante ante la injusticia 

Debemos velar por crear y mantener un clima de armonía a nuestro alrededor, en concordancia con ese mundo en paz que queremos; pero esa armonía, a veces, correrá peligro. Y cuando eso ocurra, seria un error pensar que, si reaccionamos, seremos nosotros quienes la romperemos; como también lo sería pensar que si no hacemos nada los problemas se solucionarán solos.

En esta vida hay injusticias. Hay, y siempre habrá, aunque muchas veces nadie tenga la culpa. Pero a veces, sí habrá culpables. Y es entonces, cuando por culpa de alguien nuestra armonía corra peligro, la sociedad debe alzarse para defenderla. Y cuando una injusticia no sea culpa de nadie, debemos colaborar para mitigar y reparar los daños que hayamos sufrido. 

Libre, pero comprometida con los Derechos Humanos 

Ser libre no significa hacer lo que uno quiera, cuando uno quiera y sin asumir responsabilidades. Cuidémonos de confundir libertad con libertinaje.

Debemos tener en cuenta que en el mundo vive más gente. Y que todos gozamos de una serie de derechos naturales, inalienables, intrínsecos a nosotros como humanos, que debemos fomentar y proteger.

Los Derechos Humanos son uno de los mayores tesoros de la humanidad. Y por ello, el respeto hacia ellos es un límite hacia nuestra libertad, aunque haya algunos que en un mundo en paz sobrarán, como la propiedad -que es una amenaza para el resto de los derechos, porque obstaculiza su materialización en la práctica-, o el derecho de asilo - que, una vez caigan las fronteras, ya no tendrá sentido -.

Hoy en día existen infinidad de amenazas para los Derechos Humanos, que están haciendo de la Declaración un simple papel mojado. En el ejercicio de nuestra libertad, en búsqueda de la armonía y atendiendo a lo que nos indica nuestro espíritu crítico, debemos luchar contra ellas para protegerlos.

Segura, pero abierta al cambio

Por desgracia, mucha gente no sabe quién es, por qué está aquí y qué es lo que quiere. Y esto, para lograr un mundo mejor, tiene que cambiar.

Hagamos lo que hagamos, siempre nos irá mejor si tenemos las ideas claras. Pero tener las ideas claras no significa mantenerlas inamovibles y rechazar cualquier situación que podría sugerirnos algún que otro cambio. El inmovilismo conservador tampoco es bueno.

La clave está en el término medio. Debemos saber qué queremos en la vida, pero ser conscientes de que ésta da muchas vueltas. Que el mañana es impredecible, y que aquello de lo que ayer estábamos tan convencidos, hoy puede no estar ya tan claro. Tenemos que estar abiertos al cambio, saber cuándo rechazarlo y cuándo dejarse llevar. 

Sensible, pero fuerte ante las circunstancias 

Hemos de recuperar nuestra sensibilidad. Somos seres humanos, y tenemos sentimientos -no al revés, don Mariano -. En un mundo mejor, el “qué dirán” no debe lograr que finjamos ser fuertes y que no nos afectan los problemas. Al contrario, debemos reconectar con nuestro lado emocional y atrevernos a liberar nuestros sentimientos.

Comprender y apoyar a los demás, y dejar que ellos hagan lo propio. Porque eso nos hará más fuertes ante las circunstancias adversas. Nuestra sensibilidad tiene que permitirnos reconocer que existe un problema, y al mismo tiempo la fortaleza de cada uno y la de la humanidad en su conjunto tiene que hacer que podamos superarlo. Ser sensible no significa ser débil, significa ser humano. 

Sencilla, pero profunda 

En un mundo mejor, nuestro día a día sería sencillo. La cultura de consumo y la eterna pesadilla de cada ciudadano de a pie en ver cómo llega a fin de mes o cómo mantiene su hacienda deben desaparecer. Debemos hacerla desaparecer. Y el primer paso es comprender que lo que en verdad nos da valor no es aquello que poseamos, sino cómo nos desarrollemos como personas.

Desarrollarse como persona implica tener un mundo interior profundo, interiorizar los grandes valores de la humanidad, tener una cultura general mínima, tener interés en lo que nos rodea, ser capar de implicarte en lo que nos afecte, saber controlar nuestros instintos y, sobre todo, ser capaz de realizar razonamientos complejos.

Una vida sencilla pero profunda sería, en definitiva, más rica, más armónica y feliz.

Siendo ella misma, pero sabiendo escuchar y ponerse en el lugar de la otra persona 

“Ser uno mismo” implica tener unas ideas y unos valores definidos y actuar en consecuencia. Conviviendo en sociedad, si todos “somos nosotros mismos”, a veces surgirán problemas cuando nos relacionemos con otras personas. Y en ese momento, para un mundo mejor, dogmatismo, individualismo y competitividad deben desaparecer.

Ser nosotros mismos significa que tenemos una forma de ver la vida; pero si a la vez somos dogmáticos, creeremos que tenemos razón y el resto está equivocado.

Ser nosotros mismos implica tener amor propio y tener unos intereses; pero si a la vez somos individualistas, nuestro egocentrismo nos hará perseguirlos sin tener en cuenta los de los demás.

Y ser nosotros mismos implica velar por esos intereses que tenemos cuando se nos presenten circunstancias adversas; pero si a la vez somos competitivos, abriremos guerras sin cuartel y buscaremos imponernos a toda costa a todo aquel cuyos intereses choquen con los nuestros.

La herramienta clave para dar este cambio siempre ha residido en nuestros corazones, pero la realidad nos sugiere callar su voz y dejarla de lado.

Empatía. De esto ya he hablado más y mejor. Debemos recuperar la empatía y utilizarla para hacer el bien. Comprender al resto de las personas, y cuando tengamos conflictos, valorar la posibilidad de llegar a acuerdos en vez de enfocarnos en la lucha a las primeras de cambio. Una persona empática podrá crecer como tal; una sociedad empática será más feliz.

En una sociedad empática el dogmatismo se erradicará, ya que poniéndonos en el lugar de los demás entenderemos que muchas veces sus puntos de vista también son razonables y comprensibles, y así nos daremos cuenta de que en la vida apenas existen verdades absolutas; el individualismo se convertirá en colectivismo, porque ese clima de hostilidad que nos rodea se disipará a medida que comprendamos que los demás no son nuestros enemigos, sino que todos formamos parte de una sociedad, de un colectivo con intereses generales, y veremos que si velamos por ellos, todos ganaremos; y la competitividad se convertirá en cooperación, pues empatizar con el resto y comprender que hay intereses comunes por los que velar, dará lugar a un cambio en la forma de enfocar los problemas, ya que desarrollaremos la tendencia a apoyar a los demás y permitir que estos nos apoyen. 

Responsable, pero alegre

Sí, tenemos obligaciones; y sí, en ocasiones vamos a tener que hacer algo que no querríamos. Pero ese no puede ser nuestro estilo de vida. Debemos ser responsables, capaces de hacer lo que se espera de nosotros; pero jamás, como sociedad, perder la sonrisa.

En un mundo mejor, nuestras “responsabilidades” no deben ser más que asumir las consecuencias de nuestros actos y buscar, con cada uno de ellos, lo mejor para la sociedad -y, por ende, para nosotros -.

Saber que lo que hacemos -aunque a veces lo hagamos a disgusto- realmente sirve para algo, realmente hace bien a los demás, debe ser un motivo más para seguir sonriendo. Del mismo modo que un trabajador feliz es más productivo, una sociedad feliz ya ni te cuento. 

Afectiva, pero autónoma 

Cada persona es completa por sí misma, no necesita a nadie a su lado.

El cuento del amor único y verdadero o de la media naranja deben desaparecer. Debemos ser capaces de valernos por nosotros mismos, aunque decidamos estrechar relaciones afectivas con otras personas; es más, eso es bueno. Transmitir afecto a nuestros iguales, en cualquiera de los sentidos, contribuye a generar un mejor clima en la sociedad.

Y una sociedad donde cada miembro pueda valerse por sí mismo, pero a la vez guste de relacionarse con los demás, es también una sociedad más feliz. 

Respetuosa, pero intransigente ante el ejercicio de cualquier tipo de violencia 

Ser respetuoso con los demás significa comprender y aceptar como válidos sus pensamientos y acciones. Más que “respetuosa”, yo habría dicho “tolerante”. Si queremos un mundo mejor, debemos ser tolerantes.

Pero no todo es tolerable. Si queremos un clima de tolerancia, tenemos que crearlo y mantenerlo. Cuando por palabra, obra u omisión alguien transgreda los límites de lo tolerable y ponga en peligro la paz social, debemos responder. Es la paradoja de la tolerancia de Karl Popper: llegar al punto de tolerar lo intolerante, conlleva la destrucción de la tolerancia.

¿Dónde están esos límites? Son muy difusos; pero eso no significa que no puedan compactarse. Si en pos de ese mundo mejor aprendemos a convivir en sociedad y a actuar como tal, se generarán o se expandirán una serie de valores, que en algún momento espero poder analizar con más profundidad.

Estos valores no estarán recogidos en abstracto en una Declaración de Derechos Humanos o en libros de ética; sino que residirán en nuestro interior y guiarán en todo momento nuestras decisiones y actos .

En el momento en que veamos que alguien pueda ponerlos en peligro, sabremos cómo responder.

En conclusión…

Puesto en retrospectiva, este post es como una recopilación de buena parte de lo que desarrollé en muchos de los anteriores. Las líneas a las que debe su origen vienen a mí ya como un pasado distante, pero nunca las olvidaré.

Cuando llegamos a vivir esa sensación mágica de ver nuestros propios valores reflejados en las palabras de otros… ¿quién sabe? Puede que hayamos encontrado a una persona a la que por poco o nada que conozcamos podamos considerar como amiga, ya que “habla nuestro mismo idioma” … o puede que nos haya ayudado a descubrir aspectos de nosotros mismos que antes desconocíamos.

De cualquier forma, nos marcará para siempre.

Y yo, hoy, sueño con un mundo mejor. 

Así que, receta en mano, seguiré cocinando.

BW.

 

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2 comentarios:

  1. Como siempre la cabeza no para. Si tú quieres dejar un mundo mejor, estoy convencida de que lo dejarás. Al menos piensas en ello y razonas cómo hacerlo, que en este mundo tan individualizado ya es mucho.

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