Sinopsis -
De repente… el Sol deja de brillar. Varias nubes pasan por delante de él, tapándolo durante un instante, para luego permitirle liberar un fino rayo de luz que apunta al piso de abajo y entra directo por la ventana del estudio.
¿Es una señal?
Notas que el mundo deja de existir. Ves, pero no distingues; oyes, pero no escuchas; caminas, pero sientes que vuelas…
Prólogo
Éste es… mi tributo al arte.
La producción de este relato fue una experiencia espectacular. Escribir sobre flujo… mientras fluía. El resultado, como no podía ser de otra manera, ha sido magnífico.
Un relato en el que cualquier artista, profesional o aficionado, podrá sentirse identificado y comprender las sensaciones que transmite. La euforia, la plenitud, el arte en sí mismo, el arte por definición. Abstraerse del mundo, que sólo estéis tú y él; y entre los dos, en perfecta sintonía, materialicéis el producto de un sentimiento que, ahora sí, es real.
¿Actúas, cantas, compones, dibujas, diriges, escribes, fotografías, pintas, produces? Da igual. Si creas, crees lo que crees, si amas lo que creas, este relato es para ti.
Porque si amas tu arte, el arte también te amará a ti.
AMBER SUN
8 de septiembre de 2016, 6:24 AM.
En algún lugar a las afueras de Middlesbrough, U.K.
Te levantas. No sabes qué hora es. Tampoco te apetece mirarlo. En la mesilla de noche no hay despertador. Tu móvil estará en algún lugar de la casa que todavía no recuerdas. Pero aún es pronto, eso seguro.
Te sientes feliz. No sabes por qué, pero tienes mucha, mucha energía, Como si hubieses dormido siete u ocho horas, en vez de, a lo sumo, tres.
La noche de ayer fue dura, pero en el buen sentido. La necesitabas. Esta semana has hecho bien las cosas. Para ti, trabajar siempre será un placer; pero incluso el trabajo que se hace con pasión termina agotando. Un espíritu batallador precisa también de un cuerpo y una mente listos para la guerra. Te lo merecías. Os merecíais este descanso.
Abres la puerta de tu habitación, la de invitados. Ashley todavía debe de estar durmiendo. En la casa, todo está revuelto. Hace días que la dejadez ha dado paso al desorden. Ves una lata de cerveza abierta, apoyada en el reposabrazos del sillón. La dejaste tú, ayer… o anteayer, ya no te acuerdas. Le das un trago. Está tibia. Tiene un sabor amargo. Pero tu aliento agradece el regusto a malta de cebada.
Sales al balcón. Te encuentras en una modesta casita a las afueras de la ciudad. Está amaneciendo. El cielo casi despejado da la bienvenida a un nuevo día de finales de verano. El paisaje es precioso. En momentos como este, te das cuenta de que no te importaría acostumbrarte a aquel lugar.
Lleváis más de una semana encerrados en el que un día fue el hogar de su familia, que años atrás había emigrado a la capital, buscando un futuro mejor. Habéis trabajado sin parar, aunque nada ni nadie os presionase. Fue algo que se os ocurrió a ambos, fruto de una sinergia que surgió desde el momento en que os conocisteis, hace escasas semanas, en el backstage de uno de tus shows en Derbyshire.
Tú le habías invitado a ir, y él acudió. Querías tener la oportunidad de felicitar a aquel chico en persona. Como embajador de la música electrónica, siempre sería un placer dar la bienvenida a un nuevo artista. La canción que te había enviado meses atrás, que no dudaste en lanzar en tu discográfica, ni en exhibir en tu set aquel día, a todo volumen, acompañada de un majestuoso juego de láseres, ante cuarenta mil personas, tenía algo. Te recordaba a algo, que no sabías qué, pero lo habías escuchado en algún lugar. Quizá a alguna de las primeras melodías que compusiste, cuando eras un aficionado más, como él, y que aún hoy llevan ocho o nueve años guardadas vete a saber dónde, pero que decidiste no eliminar “por si acaso”. De “por si acasos”, la gente normal llena sus maletas; el productor musical, la memoria de su portátil.
Enseguida conectasteis. Muy pronto supiste que era alguien que valía la pena. Era un productor que destilaba un talento extraordinario. Inconmensurable. Y para colmo, se parecía a ti. Su energía, su entrega, su ilusión, la pasión que transmitía, te recordaban a ti cuando tenías su edad. Y no hacía tanto tiempo de eso. La empatía, el respeto y la gran curiosidad que sentiste por él, te hicieron pensar que os entenderíais bien si hicieseis una canción juntos. Y que quizá, ¿quién sabe?, podríais terminar siendo amigos.
Y no te equivocaste. No te equivocaste cuando le escogiste a él, pues podrías tratarle no sólo como un alumno, sino también como alguien de quien aprender. Te apetecía probar algo diferente, algo novedoso, pero a la vez, algo “tuyo”, algo “vuestro”, algo que no tuviese que inventarse, sino que surgiese de la combinación de vuestras energías, que, si tu intuición era correcta, deberían de fluir solas, en armonía. Cuando te propuso trabajar en el estudio que él se estaba construyendo, modesto como la casa misma, aceptaste sin dudar. Probablemente unos días allí, alejados de los ajetreos de la ciudad, en paz, envueltos en un ambiente que te permitiría adaptarte a él y a la vez conectar con tus comienzos, podrían ser la base perfecta para construir algo interesante.
Y es que las cosas están yendo bien. Muy bien. Tenéis varias canciones a medio hacer, y están quedando genial. Aunque bien es cierto que al final, por tu experiencia como artista, sabes que de cada diez proyectos que se comienzan, durante el desarrollo, menos de la mitad terminan valiendo la pena. No sabes aún en qué acabarán aquellas: si como la mayoría, desechadas; o como las elegidas, inspirando el gran diseño de su portada y el argumento del vídeo musical. Pero sea lo que sea, de ahí tendría que salir algo.
Empiezas a darle vueltas a todo. Ayer no tuvisteis tiempo de nada, porque eso fue lo que os propusisteis hacer. Nada. A la noche, compartisteis un par de copas. Y bien sabido es que, a tenor del alcohol, las emociones fluyen. Adquiristeis una confianza mutua que presientes que os tornará inseparables. Descubristeis que ambos sentís la música de la misma manera. Que una canción es buena cuando es capaz de recrear en el alma del oyente la misma sensación que invadió a su compositor mientras la producía. Al son de una buena canción, su creador se convierte, para el oyente, en director de la orquesta de su vida. Un pianista tocando en armonía, lento, profundo… pero siempre las notas correctas.
Te apoyas en la barandilla del balcón, y comienzas a pensar en una de las canciones que tenéis a medias. La idea te llamaba mucho la atención. Era muy buena. Una instrumental que duraría tres o cuatro minutos, cuando en tu discografía lo normal era que ese tipo de proyectos alcanzasen los siete. Era como un tributo a cualquier artista. Una creación dedicada al momento en que conecta con la pasión que lleva dentro. El momento en que alguien descubre el arte que arde en su interior…
De repente… el Sol deja de brillar. Varias nubes pasan por delante de él, tapándolo durante un instante, para luego permitirle liberar un fino rayo de luz que apunta al piso de abajo y entra directo por la ventana del estudio.
¿Es una señal?
Notas que el mundo deja de existir. Ves, pero no distingues; oyes, pero no escuchas; caminas, pero sientes que vuelas…
Estás entrando en flujo. Lo conoces bien. Tu capacidad para fluir te ha brindado casi todos los momentos más felices de tu vida. Sólo son comparables al día en que tu primera canción, Mistral, vio la luz; a la primera sonrisa que Kat mostró para ti, y te hizo desear que jamás llegase la última; o al momento en que Sansa, recién nacida, abrió los ojos, y descubriste que teníais el mismo color. Ojalá por sus venas también corriese tu arte.
Parece mentira. Y es que por más que lo expliques, a la gente le cuesta entenderlo. No todas las personas son arte. Qué difícil es explicar que, para ti, la felicidad llega siempre al son de una canción. Que un sábado por la noche, en el estudio, a las cinco de la mañana, cuando por fin encuentras la melodía que encaja a la perfección con la estructura de la canción que llevabas semanas componiendo, eres más feliz que cualquiera que hubiese salido a correrse una buena juerga.
Fluir es dejar de sentir tu propia existencia. Cuando tu alma se separa de tu cuerpo y flota libre, durante eso que parecen escasos minutos, y después se convierten en horas. Horas de felicidad, por eso pasan tan rápido. Un lapso mágico de tiempo en el que no necesitas nada más para sentirte pleno.
La melodía clave. Elementos de refuerzo. Los ajustes perfectos para masterizar la canción. Todo comienza a tener sentido ahora.
Viene, viene… ¡la tienes!
Cambiar E7 por F7 en el drop; para transmitir alegría siempre es mejor pecar de agudo. Notas a un tiempo en vez de medio, y prescindir del delay; así el bass, un poco más sostenido, suena más místico. 6 BPM más, a 134, huyendo del mágico 128; esta vez harás tu propia magia. A ese ritmo, la melodía base se sincroniza bien con los leads, e incluso puedes añadirle en el build-up ese kick con reverb que ambos queríais ponerle desde el principio, pero entraba muy repentino y se sentía muy agresivo; ahora el drop llega en ocho compases y conecta bien con la atmosfera de la producción. Y es que con eso, ya no va a hacer falta modificar nada en la estructura. Todo cobra sentido, todos los elementos suenan en armonía. La canción quedará exactamente como queríais. Profunda, envolvente, emocional, positiva. Después de todo, así es el trance, ¿no?
Un minuto de inspiración, para un músico que ama su propio arte, puede ser suficiente para imaginar una nueva canción, al igual que bastaría a un escritor apasionado para tener una buena idea, sobre la que escribir, del tirón, el borrador de un relato de dos mil palabras.
La mente de un artista es fascinante: en una hora de torrente creativo puede rendir más que en veinte de esfuerzo.
Pero tu torrente ruge… ¡ahora! ¡Tienes que hacerlo ahora! ¡Ya! Dentro de un rato será tarde. Lo sabes. No cometerás ese error de novato. Cuando el flujo llega, da igual cómo lo haga, dan igual el lugar, la hora y el contexto. Debes sacrificar los planes, el sueño, la comida, la compañía, cualquier deber que no sea inexcusable. Puedes dormir cuando termines. Puedes comer después. Puedes hacer eso más tarde. Puedes disculparte ante quien sea; si te conoce, lo entenderá. Pero tarde o temprano, las aguas volverán a su cauce; será tu deber, por ser también tu deseo, izar la vela y navegarlas mientras estén revueltas, te lleven adonde te lleven.
¡Hazlo, Gareth!
Regresas adentro, cruzas la estancia, te deslizas por la barandilla, te encierras en el estudio, enciendes el ordenador, conectas los aparatos… y sólo quedáis tú y esa misteriosa voz a la que sabes que debes escuchar.
Una hora y cuarenta minutos después… ¡victoria!
No te lo puedes creer. Suena perfecto…
Lloras de emoción. Y es que, en ese momento, deja de importar lo que los demás vayan a pensar de ella; porque te gusta a ti. Es tu creación. Eres tú. Esa canción ya forma parte de ti. Es tu arte. Y quien guste de ti, gustará de tu arte.
Abres la puerta. Subes de nuevo las escaleras. Ya es de día. Ahora el Sol pega fuerte, como si quisiera abrazarte. Estás sudando. Vas directo al baño. Te lavas la cara con agua fría. Bebes dos vasos de agua de golpe. Te secas con la toalla, y en un momento dado, mientras lo haces, tu mirada se cruza con la de tu reflejo en el espejo. Es tierna. Parece que te está felicitando por lo que has hecho.
Ashley va a alucinar cuando se lo enseñes. Es vuestra canción. Una canción que os unirá para siempre. En esos tres minutos con dieciocho segundos, vuestras almas hablarán al unísono; y lo seguirán haciendo. Pase lo que pase, aun cuando vuestros cuerpos sucumban al sino del silencio, a ellas ya nada las callará jamás.
Porque cuando el alma libera su arte, gana el don de la inmortalidad.
FIN.
Epílogo
Este relato debe su existencia a dos magníficos artistas. Gareth Emery
y Ashley Wallbridge han bautizado como “Amber Sun” a la canción que me inspiró para crearlo, imaginándome las propias
vivencias de uno de ellos mientras la hacían. La canción es una oda al arte en
sí mismo.
BW.

Emocionante. No entiendo nada de música electrónica pero tu forma de relatarlo hace sentir el arte que se lleve dentro. Al menos a quien lo lleve. Y yo sí lo llevo. Me pasa cuando escribo eso que tengo y que sale así, como en esta canción.
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