Sinopsis -
Todo “mal” tiene que ser contrapuesto con un “bien” para
que lo consideremos como tal, y viceversa.
Cuando en nuestra vida hay algo que no nos gusta,
tendemos a compararla con la de los demás. Pero al hacerlo, sólo tomamos como
referencia la vida de esas personas que no parecen tener nuestros problemas,
centrándonos en esos aspectos en cuestión, ignorando el resto.
Y a medida que repitamos ese proceso en diversas
ocasiones y en diversos aspectos, la vida ajena de referencia para nuestras
comparativas se irá convirtiendo en una vida “perfecta”, resultado de la
combinación de todas esas partes de las vidas de otras personas que hemos ido
seleccionando.
Quizá cometemos un error muy grave…
Prólogo
Cuando escribí “Cambia el color de tu cristal”,
hace ya unos años, me inspiré en una frase que mi madre me repetía mucho de
niño:
“En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira;
todo es según el color del cristal con que se mira.”
(Ramón de Campoamor)
En esa
reflexión me enfoqué en la importancia de no envidiar las virtudes y logros de
los demás; al contrario, enfocarnos en aprender de ellos.
Pero al
final, esa frase puede tener más significados y mucho más profundos. En esta publicación
trato de encontrarlos. Quizá no sea exagerado decir que estas líneas resumen el
más grande avance en cuanto a crecimiento personal que he dado en los últimos
tiempos. Será una obra que siempre recordaré con mucho cariño.
Espero que la disfrutéis.
MOSAICO DE CRISTALES
Todo “mal” tiene que ser contrapuesto con un “bien” para
que lo consideremos como tal, y viceversa.
Cuando en nuestra vida hay algo que no nos gusta,
tendemos a compararla con la de los demás. Pero al hacerlo, sólo tomamos como referencia la vida
de esas personas que no parecen tener nuestros problemas, centrándonos en esos
aspectos en cuestión, ignorando el resto.
Y a medida que repitamos ese proceso en diversas
ocasiones y en diversos aspectos, la vida ajena de referencia para nuestras
comparativas se irá convirtiendo en una vida “perfecta”, resultado de la
combinación de todas esas partes de las vidas de otras personas que hemos ido
seleccionando.
Quizá cometemos un error muy grave.
Está bien tener las expectativas altas, ser proactivos, identificar
aspectos de nuestra vida que no nos gustan y tratar de mejorarlos o
solucionarlos -si es que podemos-, o de convivir con ellos -si no hay nada
que podamos hacer-. Pero nunca podremos alcanzar esa vida “perfecta”, donde
por fin nos hayamos librado de todos nuestros problemas. Porque esa vida es
tan perfecta… como irreal.
Nadie la tiene. Las personas de cuyas vidas hemos ido
tomando las partes que nos interesaban para construir ese ideal que anhelamos,
tienen sus propios problemas. Cuanto menos las conozcamos y más las idealicemos,
más nos costará entender esto.
Reutilizaremos una frase de otro post: a esas
personas “les conocemos los ángeles, pero todavía no les conocemos los
demonios”; y le daremos una segunda vuelta: les conocemos los ángeles… o eso
creemos.
Quizá las vidas de las demás personas no sean tan
buenas como pensamos. Puede que esa parte de sus vidas que nosotros
concebimos como “buena”, que nos gusta, ellas mismas no la vean como tal. Quizá
existan matices que desconocemos, o quizá ellas mismas no sean conscientes de
que ciertos aspectos de sus vidas son juzgados como positivos por los demás.
Y lo mismo
ocurre con nosotros: muchas veces, los demás verán en nuestra vida aspectos positivos
que nosotros no identificamos como tales. Quizá algún logro, alguna virtud,
o hasta hechos de lo más simple, como que nuestros padres no se estén
divorciando de mala manera y no traten de manipularnos cada uno contra el otro.
Pasamos estas cosas por alto porque estamos acostumbrados a ellas y no
nos sorprenden; pero quizá haya aspectos de nuestra vida que formen parte de
esa vida “perfecta” con las que los demás comparen la suya.
Si tenemos la
oportunidad de tumbarnos con alguien en la playa, una noche estrellada de
verano, a las tres de la madrugada, compartiendo una bebida, quizá nos cuente historias
que nos sorprendan.
“En
este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira;
todo
es según el color del cristal con que se mira.”
(Ramón de
Campoamor)
Puede que la
sociedad sea una infinita cristalera de perspectivas múltiples, un
gigantesco mosaico de cristales, donde la “realidad” es distinta para cada
quien, porque cada quien percibe estímulos externos distintos, los enfoca desde
su propio ángulo y los juzga a través de sus propios filtros. Y así, cada
persona desarrolla su propia visión sobre la vida. Una visión que, como la de
todas, sufrirá cambios a cada momento. Somos subjetividades únicas y dinámicas,
en constante evolución.
Siempre es positivo
cultivarse, tratar de entender a los demás, intentar hacernos una idea de cómo
reaccionan ante estímulos externos, de cómo se sienten; pero es imposible
llegar a conocerlos tan en profundidad como para poder saber exactamente qué
van a pensar o sentir en cada momento.
Cierto es que
cuanto más convivamos con una persona, cuantas más experiencias vitales
compartamos con ella, mejor la vamos a conocer; pero al igual que en la
“realidad” existe una infinidad de acontecimientos incontrolables –el mundo
de las casualidades-causalidades– cuya explicación es potencialmente
cognoscible, pero materialmente imposible de conocer por falta de datos, en las
relaciones humanas ocurre algo muy parecido.
Porque por
mucho que conozcamos a una persona, nunca será suficiente. No “somos” esa
persona. Y cada persona, cada vez que reciba estímulos nuevos, que analizará y
que le afectarán de una u otra manera, podría cambiar. Así, alguien a quien
creíamos conocer bien, pero que llevemos un tiempo sin ver, o que haya vivido
experiencias muy impactantes, podría llegar a volverse poco menos que un
desconocido, y nos tocará conocerle de nuevo.
Además, una
misma persona puede interpretar un mismo acontecimiento de forma distinta a lo
largo de su vida. Ahora, cuando recordamos vivencias de años atrás, a veces
las vemos de forma diferente. A veces, lo que antes nos parecía ridículo, ahora
nos resulta gracioso; lo que antes creíamos irrelevante, ahora cobra
importancia; y lo que antes parecía inexplicable, ahora parece tener sentido.
Esto también
se nota al relacionarnos con los demás. Sí, debemos ser coherentes con nuestras
ideas y pensamientos, y ser capaces de darnos motivos para considerarnos la
mejor persona que conozcamos; pero eso no significa que podamos exigir lo mismo
de los demás, ni es razón para afligirnos si ello no ocurre. Y es que… casi
nunca ocurrirá, porque para que los demás nos juzgasen de la misma forma en
que nos juzgamos nosotros, tendrían que “ser” nosotros.
Es un error
pretender eso. Cuando digamos algo, cuando hagamos algo, más allá de las pautas
socioculturales de comunicación que hayamos aprehendido, no tendremos ningún
control acerca de cómo la gente vaya a tomárselo, pues en cada persona que
nos vea o nos escuche hay una historia de vida, y cuanto menos la conozcamos,
más difícil será predecir cuál va a ser su reacción.
Infinidad de
veces, tanto para bien como para mal, tendremos la impresión de que en un
determinado contexto estamos causando cierta impresión, o de que una persona se
ha tomado lo que acabamos de decirle de la forma en que nosotros pretendíamos
que lo hiciese; pero podría ocurrir incluso lo contrario.
“Entre lo que pienso; lo que quiero decir; lo que creo decir; lo que digo; lo que quieres oír; lo que oyes; lo que crees entender; lo que quieres entender; y lo que entiendes, existen nueve posibilidades de no entendernos.”
(Autoría desconocida)
Puede que no
sea disparatado afirmar que, a veces, obsesionarse con controlar la forma en
que los demás juzgan nuestras palabras y actos sea peor idea que no preocuparse
en absoluto.
Pretender
controlarlo todo, aspirar a encontrar la explicación a cualquier comportamiento
humano o a desarrollar la capacidad de predecir sus acciones y reacciones es
una gran pérdida de tiempo y energía.
Y entender
esto, aplicando todo lo dicho hasta ahora, puede ser un gran avance para desarrollar
nuestra empatía.
Cuando una
persona nos cuenta una historia, cuando nos abre su corazón, no debemos
juzgarla porque no “somos” ella. No es tarea nuestra interpretar si actuó
“bien” o “mal”. Lo que hemos de hacer es apoyarla, esforzarnos en comprender,
en la medida de lo posible, de qué color es su cristal, cómo ha analizado
ella las circunstancias de la historia que nos ha contado, para así poder
ayudarla mejor.
Quizá, la
mejor ayuda que podamos dar a una persona que nos cuente sus problemas, sus preocupaciones,
sus inquietudes o sus penas, no sea ser la roca en la que apoyarse, ni la sabia
voz que reconduzca su interpretación de lo sucedido y le convide a tomar las
decisiones que crea que más le convienen; sino estar a su lado, intentar
comprender por qué piensa como piensa, haciendo las preguntas correctas, buscando
que ella, con nuestro apoyo, nuestra cercanía, nuestra atención, nuestra simple
presencia, después de habernos escuchado –pero, sobre todo, después de haber
sido escuchada– sea capaz de tomar sus propias decisiones.
Un gran
obstáculo para el desarrollo de la empatía es pretender objetivar nuestra
subjetividad. Creernos como una especie de Hombre de Vitruvio, que
tenemos la medida de todas las cosas, olvidarnos de nuestra subjetividad
individual, y utilizar, sin darnos cuenta, nuestros criterios, el color de
nuestro cristal, como una visión objetiva, desde la que juzgar los actos e
incluso las subjetividades ajenas.
Ese es el
mayor de los errores. Primero, porque el juicio que hagamos sobre los actos
ajenos siempre estará limitado por la falta de datos, porque desconocemos
los hechos, porque no “somos” la persona en cuestión, y eso siempre nos
impedirá conocer la versión completa de la historia. Y segundo, porque el
juicio que hagamos sobre las subjetividades ajenas, a pesar de ser clave
para decidir qué personas queremos tener cerca y qué personas no, nunca es
objetivo, sino basado en nuestra propia subjetividad.
Así, cuando escribía estas líneas, con veinticinco años,
en una etapa de la vida en la que a los jóvenes nos cuesta asumir que nuestros mayores
todavía pueden enseñarnos cosas, y a nuestros mayores les cuesta asumir que
nosotros ya tenemos cosas que enseñar, cobraba sentido una lección que mi madre
quiso darme desde pequeño.
Pero esa lección… ¿es justo la que mi madre había querido
darme, o es más bien distinta, fruto de mis propias interpretaciones?
Hace unos
años publiqué un pequeño fragmento que contenía esta frase:
“Cada persona es un libro que tiene una historia que
contar, y se la contará a quien lo desee. (…)”
Y esto es lo
que pienso ahora…
Es agradable
que los demás nos permitan conocer las partes más censuradas de la historia de
su vida. Pero nunca las entenderemos al completo. Porque cada
historia de vida estará en constante crecimiento, mientras cada vida cuya historia
se cuente continúe fluyendo. Por eso, nunca llegaremos a terminar el libro
de una vida; porque seguirá escribiéndose, siempre a una velocidad mayor a la
que podamos leer. Y, además, podrá cambiar en cualquier momento, a medida que
el protagonista haga interpretaciones distintas de los acontecimientos que
relate, y tome en consecuencia decisiones diferentes. La historia de una vida
puede, incluso, reescribirse.
Una
historia contada no es lo mismo que una historia vivida. Parafraseando a Emily Dickinson, quizá una historia “dice
toda la verdad”, pero la dice “con inclinaciones”.
Así, al igual
que la historia de una contienda la cuentan los vencedores, la historia de una
vida la cuenta quien la vivió. Cuando nos cuenten una historia, aunque no
pretendan mentirnos, nunca nos presentarán la verdad tal cual fue. En
toda historia hay detalles que el propio narrador ignora –empezando por las
subjetividades del resto de protagonistas–; detalles que se obvian; detalles
que se exageran; detalles en principio objetivos pero que contienen ya
valoraciones implícitas…
Una gran
aspiración para una vida es llegar a tener sentido; pero quizá no quepa esperar
que lo tenga también la historia que sobre ella se escriba.
Porque los
cristales cambian de color.
El nuestro,
también.
BW.
ESCRITOS RELACIONADOS
CAMBIA EL COLOR
DE TU CRISTAL. En esta reflexión, que escribí
hace bastantes años, parto también de la perspectiva de los cristales
múltiples, para hablar sobre cómo gestionar la envidia y convertirla en
admiración, para así poder aprender de los demás.
CAMINOS A LA NADA. En esta reflexión, cargada de espiritualidad,
profundizo en cómo, en la realidad, los acontecimientos no ocurren por
casualidad, sino que tienen una explicación razonable, pero que la mayoría de
veces desconoceremos por falta de datos; y a su vez, son causa de nuevos
acontecimientos, en un hilo interminable, eterno en el tiempo.
Aaaayyy...!! Gracias por el guiño. Siempre cala hondo 😀😀
ResponderEliminarLos cristales de colores infinitos son los ojos de cada persona. Tantos colores como personas. Para mí esa frase transmite perspectiva, respeto, identidad. Y lo más importante: Nadie tiene la verdad absoluta sobre lo que ve a través de ese cristal. Hasta en la interpretación de la frase tenemos distintos cristales.
Echaré de menos al Pablo de 25 y estaré encantada de leer al Pablo que aún no se conoce. Sé que algún cristal mío le quedará guardado...😍😍😍😍😍
Tal cual. La verdad, nada más que añadir, sólo apreciar que la reflexión haya sido de tu agrado. Gracias!!
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