10 may 2024

MOSAICO DE CRISTALES

 

Sinopsis -


Todo “mal” tiene que ser contrapuesto con un “bien” para que lo consideremos como tal, y viceversa.

 

Cuando en nuestra vida hay algo que no nos gusta, tendemos a compararla con la de los demás. Pero al hacerlo, sólo tomamos como referencia la vida de esas personas que no parecen tener nuestros problemas, centrándonos en esos aspectos en cuestión, ignorando el resto.

 

Y a medida que repitamos ese proceso en diversas ocasiones y en diversos aspectos, la vida ajena de referencia para nuestras comparativas se irá convirtiendo en una vida “perfecta”, resultado de la combinación de todas esas partes de las vidas de otras personas que hemos ido seleccionando.

 

Quizá cometemos un error muy grave…



Prólogo

 

Cuando escribí “Cambia el color de tu cristal”, hace ya unos años, me inspiré en una frase que mi madre me repetía mucho de niño:

 

“En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira;

todo es según el color del cristal con que se mira.”

(Ramón de Campoamor)

 

En esa reflexión me enfoqué en la importancia de no envidiar las virtudes y logros de los demás; al contrario, enfocarnos en aprender de ellos.

 

Pero al final, esa frase puede tener más significados y mucho más profundos. En esta publicación trato de encontrarlos. Quizá no sea exagerado decir que estas líneas resumen el más grande avance en cuanto a crecimiento personal que he dado en los últimos tiempos. Será una obra que siempre recordaré con mucho cariño.

 

Espero que la disfrutéis.



MOSAICO DE CRISTALES

 

Todo “mal” tiene que ser contrapuesto con un “bien” para que lo consideremos como tal, y viceversa.

 

Cuando en nuestra vida hay algo que no nos gusta, tendemos a compararla con la de los demás. Pero al hacerlo, sólo tomamos como referencia la vida de esas personas que no parecen tener nuestros problemas, centrándonos en esos aspectos en cuestión, ignorando el resto.

 

Y a medida que repitamos ese proceso en diversas ocasiones y en diversos aspectos, la vida ajena de referencia para nuestras comparativas se irá convirtiendo en una vida “perfecta”, resultado de la combinación de todas esas partes de las vidas de otras personas que hemos ido seleccionando.

 

Quizá cometemos un error muy grave.

 

Está bien tener las expectativas altas, ser proactivos, identificar aspectos de nuestra vida que no nos gustan y tratar de mejorarlos o solucionarlos -si es que podemos-, o de convivir con ellos -si no hay nada que podamos hacer-. Pero nunca podremos alcanzar esa vida “perfecta”, donde por fin nos hayamos librado de todos nuestros problemas. Porque esa vida es tan perfecta… como irreal.

 

Nadie la tiene. Las personas de cuyas vidas hemos ido tomando las partes que nos interesaban para construir ese ideal que anhelamos, tienen sus propios problemas. Cuanto menos las conozcamos y más las idealicemos, más nos costará entender esto.

 

Reutilizaremos una frase de otro post: a esas personas “les conocemos los ángeles, pero todavía no les conocemos los demonios”; y le daremos una segunda vuelta: les conocemos los ángeles… o eso creemos.

 

Quizá las vidas de las demás personas no sean tan buenas como pensamos. Puede que esa parte de sus vidas que nosotros concebimos como “buena”, que nos gusta, ellas mismas no la vean como tal. Quizá existan matices que desconocemos, o quizá ellas mismas no sean conscientes de que ciertos aspectos de sus vidas son juzgados como positivos por los demás.

 

Y lo mismo ocurre con nosotros: muchas veces, los demás verán en nuestra vida aspectos positivos que nosotros no identificamos como tales. Quizá algún logro, alguna virtud, o hasta hechos de lo más simple, como que nuestros padres no se estén divorciando de mala manera y no traten de manipularnos cada uno contra el otro.

 

Pasamos estas cosas por alto porque estamos acostumbrados a ellas y no nos sorprenden; pero quizá haya aspectos de nuestra vida que formen parte de esa vida “perfecta” con las que los demás comparen la suya.

 

Si tenemos la oportunidad de tumbarnos con alguien en la playa, una noche estrellada de verano, a las tres de la madrugada, compartiendo una bebida, quizá nos cuente historias que nos sorprendan.

 

Cuando escribí “Cambia el color de tu cristal”, hace ya unos años, me inspiré en una frase que mi madre me repetía mucho cuando era niño:

 

“En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira;

todo es según el color del cristal con que se mira.”

(Ramón de Campoamor)

 

En ese post me enfoqué en la importancia de no envidiar las virtudes y logros de los demás; al contrario, enfocarnos en aprender de ellos. Pero al final, esa frase puede tener más significados, mucho más profundos.

 

Puede que la sociedad sea una infinita cristalera de perspectivas múltiples, un gigantesco mosaico de cristales, donde la “realidad” es distinta para cada quien, porque cada quien percibe estímulos externos distintos, los enfoca desde su propio ángulo y los juzga a través de sus propios filtros. Y así, cada persona desarrolla su propia visión sobre la vida. Una visión que, como la de todas, sufrirá cambios a cada momento. Somos subjetividades únicas y dinámicas, en constante evolución.

 

Siempre es positivo cultivarse, tratar de entender a los demás, intentar hacernos una idea de cómo reaccionan ante estímulos externos, de cómo se sienten; pero es imposible llegar a conocerlos tan en profundidad como para poder saber exactamente qué van a pensar o sentir en cada momento.

 

Cierto es que cuanto más convivamos con una persona, cuantas más experiencias vitales compartamos con ella, mejor la vamos a conocer; pero al igual que en la “realidad” existe una infinidad de acontecimientos incontrolables –el mundo de las casualidades-causalidades– cuya explicación es potencialmente cognoscible, pero materialmente imposible de conocer por falta de datos, en las relaciones humanas ocurre algo muy parecido.

 

Porque por mucho que conozcamos a una persona, nunca será suficiente. No “somos” esa persona. Y cada persona, cada vez que reciba estímulos nuevos, que analizará y que le afectarán de una u otra manera, podría cambiar. Así, alguien a quien creíamos conocer bien, pero que llevemos un tiempo sin ver, o que haya vivido experiencias muy impactantes, podría llegar a volverse poco menos que un desconocido, y nos tocará conocerle de nuevo.

 

Además, una misma persona puede interpretar un mismo acontecimiento de forma distinta a lo largo de su vida. Ahora, cuando recordamos vivencias de años atrás, a veces las vemos de forma diferente. A veces, lo que antes nos parecía ridículo, ahora nos resulta gracioso; lo que antes creíamos irrelevante, ahora cobra importancia; y lo que antes parecía inexplicable, ahora parece tener sentido.

 

Esto también se nota al relacionarnos con los demás. Sí, debemos ser coherentes con nuestras ideas y pensamientos, y ser capaces de darnos motivos para considerarnos la mejor persona que conozcamos; pero eso no significa que podamos exigir lo mismo de los demás, ni es razón para afligirnos si ello no ocurre. Y es que… casi nunca ocurrirá, porque para que los demás nos juzgasen de la misma forma en que nos juzgamos nosotros, tendrían que “ser” nosotros.

 

Es un error pretender eso. Cuando digamos algo, cuando hagamos algo, más allá de las pautas socioculturales de comunicación que hayamos aprehendido, no tendremos ningún control acerca de cómo la gente vaya a tomárselo, pues en cada persona que nos vea o nos escuche hay una historia de vida, y cuanto menos la conozcamos, más difícil será predecir cuál va a ser su reacción.

 

Infinidad de veces, tanto para bien como para mal, tendremos la impresión de que en un determinado contexto estamos causando cierta impresión, o de que una persona se ha tomado lo que acabamos de decirle de la forma en que nosotros pretendíamos que lo hiciese; pero podría ocurrir incluso lo contrario.

 

“Entre lo que pienso; lo que quiero decir; lo que creo decir; lo que digo; lo que quieres oír; lo que oyes; lo que crees entender; lo que quieres entender; y lo que entiendes, existen nueve posibilidades de no entendernos.”

(Autoría desconocida)

 

Puede que no sea disparatado afirmar que, a veces, obsesionarse con controlar la forma en que los demás juzgan nuestras palabras y actos sea peor idea que no preocuparse en absoluto.

 

Pretender controlarlo todo, aspirar a encontrar la explicación a cualquier comportamiento humano o a desarrollar la capacidad de predecir sus acciones y reacciones es una gran pérdida de tiempo y energía.

 

Y entender esto, aplicando todo lo dicho hasta ahora, puede ser un gran avance para desarrollar nuestra empatía.

 

Cuando una persona nos cuenta una historia, cuando nos abre su corazón, no debemos juzgarla porque no “somos” ella. No es tarea nuestra interpretar si actuó “bien” o “mal”. Lo que hemos de hacer es apoyarla, esforzarnos en comprender, en la medida de lo posible, de qué color es su cristal, cómo ha analizado ella las circunstancias de la historia que nos ha contado, para así poder ayudarla mejor.

 

Quizá, la mejor ayuda que podamos dar a una persona que nos cuente sus problemas, sus preocupaciones, sus inquietudes o sus penas, no sea ser la roca en la que apoyarse, ni la sabia voz que reconduzca su interpretación de lo sucedido y le convide a tomar las decisiones que crea que más le convienen; sino estar a su lado, intentar comprender por qué piensa como piensa, haciendo las preguntas correctas, buscando que ella, con nuestro apoyo, nuestra cercanía, nuestra atención, nuestra simple presencia, después de habernos escuchado –pero, sobre todo, después de haber sido escuchada– sea capaz de tomar sus propias decisiones.

 

Un gran obstáculo para el desarrollo de la empatía es pretender objetivar nuestra subjetividad. Creernos como una especie de Hombre de Vitruvio, que tenemos la medida de todas las cosas, olvidarnos de nuestra subjetividad individual, y utilizar, sin darnos cuenta, nuestros criterios, el color de nuestro cristal, como una visión objetiva, desde la que juzgar los actos e incluso las subjetividades ajenas.

 

Ese es el mayor de los errores. Primero, porque el juicio que hagamos sobre los actos ajenos siempre estará limitado por la falta de datos, porque desconocemos los hechos, porque no “somos” la persona en cuestión, y eso siempre nos impedirá conocer la versión completa de la historia. Y segundo, porque el juicio que hagamos sobre las subjetividades ajenas, a pesar de ser clave para decidir qué personas queremos tener cerca y qué personas no, nunca es objetivo, sino basado en nuestra propia subjetividad.

 

Así, cuando escribía estas líneas, con veinticinco años, en una etapa de la vida en la que a los jóvenes nos cuesta asumir que nuestros mayores todavía pueden enseñarnos cosas, y a nuestros mayores les cuesta asumir que nosotros ya tenemos cosas que enseñar, cobraba sentido una lección que mi madre quiso darme desde pequeño.

 

Pero esa lección… ¿es justo la que mi madre había querido darme, o es más bien distinta, fruto de mis propias interpretaciones?

 

Hace unos años publiqué un pequeño fragmento que contenía esta frase:

 

“Cada persona es un libro que tiene una historia que contar, y se la contará a quien lo desee. (…)”

 

Y esto es lo que pienso ahora…

 

Es agradable que los demás nos permitan conocer las partes más censuradas de la historia de su vida. Pero nunca las entenderemos al completo. Porque cada historia de vida estará en constante crecimiento, mientras cada vida cuya historia se cuente continúe fluyendo. Por eso, nunca llegaremos a terminar el libro de una vida; porque seguirá escribiéndose, siempre a una velocidad mayor a la que podamos leer. Y, además, podrá cambiar en cualquier momento, a medida que el protagonista haga interpretaciones distintas de los acontecimientos que relate, y tome en consecuencia decisiones diferentes. La historia de una vida puede, incluso, reescribirse.

 

Una historia contada no es lo mismo que una historia vivida. Parafraseando a Emily Dickinson, quizá una historia “dice toda la verdad”, pero la dice “con inclinaciones”.

 

Así, al igual que la historia de una contienda la cuentan los vencedores, la historia de una vida la cuenta quien la vivió. Cuando nos cuenten una historia, aunque no pretendan mentirnos, nunca nos presentarán la verdad tal cual fue. En toda historia hay detalles que el propio narrador ignora –empezando por las subjetividades del resto de protagonistas–; detalles que se obvian; detalles que se exageran; detalles en principio objetivos pero que contienen ya valoraciones implícitas…

 

Una gran aspiración para una vida es llegar a tener sentido; pero quizá no quepa esperar que lo tenga también la historia que sobre ella se escriba.

 

Porque los cristales cambian de color.

 

El nuestro, también.

 

 

BW.

 

 

ESCRITOS RELACIONADOS

 

CAMBIA EL COLOR DE TU CRISTAL. En esta reflexión, que escribí hace bastantes años, parto también de la perspectiva de los cristales múltiples, para hablar sobre cómo gestionar la envidia y convertirla en admiración, para así poder aprender de los demás.

 

CAMINOS A LA NADA. En esta reflexión, cargada de espiritualidad, profundizo en cómo, en la realidad, los acontecimientos no ocurren por casualidad, sino que tienen una explicación razonable, pero que la mayoría de veces desconoceremos por falta de datos; y a su vez, son causa de nuevos acontecimientos, en un hilo interminable, eterno en el tiempo.

2 comentarios:

  1. Aaaayyy...!! Gracias por el guiño. Siempre cala hondo 😀😀
    Los cristales de colores infinitos son los ojos de cada persona. Tantos colores como personas. Para mí esa frase transmite perspectiva, respeto, identidad. Y lo más importante: Nadie tiene la verdad absoluta sobre lo que ve a través de ese cristal. Hasta en la interpretación de la frase tenemos distintos cristales.
    Echaré de menos al Pablo de 25 y estaré encantada de leer al Pablo que aún no se conoce. Sé que algún cristal mío le quedará guardado...😍😍😍😍😍

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    1. Tal cual. La verdad, nada más que añadir, sólo apreciar que la reflexión haya sido de tu agrado. Gracias!!

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